México.- Desde el 2008, cuando entró en operación el Proyecto
Bicentenario-Ciudad Segura, más de 12 mil videocámaras vigilan cuanto
sucede en las principales calles y avenidas de la Ciudad de México, con
el objetivo de reducir la inseguridad.
Sin embargo, ni en
Inglaterra, que cuenta con una cámara por cada 14 habitantes ni ningún
estudio internacional han comprobado que las cámaras de vigilancia
reduzcan el crimen, subrayó Nelson Arteaga, profesor e investigador de
la Facultad Latino-Americana de Ciencias Sociales (Flacso) en la
conferencia “Cámaras de vigilancia e inseguridad en México”.
El
sociólogo expuso que desde la década de los 90, la sensación de
inseguridad se incrementó en México. Añadió que esta percepción generó, a
su vez, expresiones de “pánico moral” –un sentimiento de que la
sociedad está a punto de destruirse–, y marcó el florecimiento del
negocio de la seguridad privada y de las políticas de vigilancia
aplicadas bajo el lema de “cero tolerancia”.
En el 2008, dijo, la
Plataforma México incentivó el uso de tecnología de vanguardia para
espiar las correspondencias electrónicas y las conversaciones
telefónicas. Además, añadió que el gobierno federal invirtió más de 400
millones de dólares para adquirir sistemas de rastreos de Internet y software que permiten dirigir computadoras a distancia y descifrar contraseñas.
El
académico calificó de “urbanismo militar” las políticas de vigilancia y
de seguridad que lleva a cabo el Gobierno del Distrito Federal, es
decir, explicó, que considera el entorno urbano como un entorno de
guerra.
En entrevista con Apro, Nelson Arteaga sostiene que
las autoridades capitalinas adoptan las mismas técnicas, materiales y
estrategias que los militares para controlar la ciudad. La lógica de
cuadrantes y de geolocalización del territorio, por ejemplo, dice,
permiten ubicar “puntos rojos” o “zonas peligrosas”.
“La mayoría
de los sistemas de vigilancia provienen de la industria militar, y
muchas de estas tecnologías aplicadas al entorno urbano han sido
exportadas de Irak y de Afganistán. Imitan los métodos con los cuales
los estadunidenses controlaban la ciudad de Bagdad”, subrayó.
Durante
su conferencia, Arteaga enfatizó que son múltiples las técnicas de
vigilancia: celulares, tarjetas de crédito, redes sociales e Internet en
general –quizás lo más vigilado que existe, precisó– y videocámaras,
entre otros sistemas.
A través de sofisticados métodos, las
autoridades gubernamentales pueden identificarnos, monitorear lo que
estamos haciendo y clasificarnos mediante el establecimiento de perfiles
y sectores de población. Estas técnicas, explica, se podrán ampliar por
el reconocimiento del iris o la detección del flujo sanguineo en el
futuro.
Sin embargo, según los datos del sociólogo, tan sólo 4% de
los mexicanos está familiarizado con los sistemas biométricos de
vigilancia, como el reconocimiento facial de las cámaras, mientras el
24% de los estadunidenses y 29% de los canadienses están conscientes de
esto. Por lo contrario, y mientras no se haya comprobado la reducción
del número de crímenes con las cámaras de seguridad, 81% de los
mexicanos confían en que éstas abatirán la inseguridad, contra 65% de
los franceses, en su país.
El experto culpó a los medios de
comunicación por divulgar el mito, según cual las cámaras son eficientes
al construir una “narrativa de la vigilancia”.
Las televisoras,
indica, propagan fragmentos de videos extraídos de cámaras de seguridad
en búsqueda de imágenes fuertes. “La violencia vende”, lamenta.
Al
difundirlas, dice, mantienen la sensación de inseguridad, pero al mismo
tiempo fortalecen la idea que las cámaras generan seguridad en un
círculo que se autoalimenta.
Hoy días muchos pueden ver en tiempo
real a dos personas que cometen un delito y están detenidas. “Lo vemos
como un éxito”, comentó. Sin embargo, según él, sería inútil poner una
persona detrás de cada cámara porque “pueden pasar meses o años sin que
pase nada”.
Las cámaras tienen entonces, refiere, otro uso:
“Cuando los de clase media y alta ven una cámara de videovigilancia se
sienten más seguros. A diferencia de otros países, los mexicanos sienten
que la seguridad y la vigilancia no son derechos, sino propiedades que
se obtienen con los ingresos. Entre más vigilancia tienen en su zona de
trabajo y donde viven, paradójicamente tienen más privacidad. En otros
países es un atentado a la privacidad”, destacó el investigador.
La
instalación de videocámaras en la Ciudad de México, cuenta, concretizó
una propuesta de Rudolf Giuliani, el entonces alcalde de Nueva York,
para “rescatar el Centro Histórico”. La consecuencia directa del nuevo
sistema de vigilancia fue el desplazamiento de esta zona de sectores “no
deseados” de población –de bajos ingresos–, a los cuales sustituyó una
clase media. Después, agregó, se exportó hacia el sistema de transporte
de la ciudad.
Según datos proporcionados por el investigador, 68%
de las cámaras de seguridad en la Ciudad de México tienen como objetivo
“prevenir, inhibir, combatir conductas ilícitas, así como garantizar el
orden y la tranquilidad la población”; 30% gestionar el flujo del
tráfico del Metro y 2% rodean las avenidas principales de la ciudad.
Asimismo, el 22% de las cámaras se encuentran en las delegaciones
Cuauhtémoc y Benito Juárez mientras el 28% están en Iztapalapa y Gustavo
A. Madero.
Industria millonaria
Arteaga ve la
vigilancia como una herramienta. Puede ser útil para la democracia
cuando se usa para incentivar políticas públicas y generar igualdades.
No
obstante, sostiene que puede ser abusiva cuando unos la manipulan para
clasificar a ciertos grupos sociales según esquemas de segregación
urbana, o para detectar líderes de movimientos sociales, un método común
en México, apuntó.
“La vigilancia permite, por una parte, el
control y, por el otro, el cuidado de la población. El punto es ¿hasta
qué punto una sociedad o un Estado se inclina hacia uno otro lado de la
balanza?”, preguntó. Para ilustrar sus dichos, compartió un estudio que
realizó sobre la implantación de cámaras de vigilancia en las entradas y
salidas de Interlomas, en el municipio de Huixquilucan, una de las
zonas más exclusivas del área metropolitana. Notó que las autoridades
invitaron a los alumnos de secundaria de las escuelas de las afueras de
Interlomas –populares– a admirar cómo protegían la zona para que no se
arriesgaran a cometer robos.
“La advertencia era ‘cuídense, pórtense bien porque los estamos vigilando’”, subrayó el investigador.
Al
contrario, recibieron a los habitantes de la zona con otro discurso.
Les aseguraron que los estaban cuidando y que, “pese a que la cámaras
puedan ver lo que está sucediendo en sus edificios, nuestra ética nos
prohíbe espiar lo que hacen a través de las ventanas”.
La
industria de la vigilancia, recordó, genera millones de dólares. Es “una
industria militar en el propio sentido”. El Gobierno del Distrito
Federal contrató a empresas privadas para la instalación de las cámaras
de seguridad, y formó a aproximadamente 500 vigilantes informó Arteaga.
Según
las cifras que proporciona la Secretaría de Seguridad Pública en el
informe de la cuenta pública 2011 del Gobierno del Distrito Federal, el
presupuesto para el sistema de videovigilancia de la Ciudad de México en
este año alcanzaba 105 millones de pesos, mientras 8 mil 520 empresas
de seguridad privada permisionarias realizaron trámite para operar en la
capital.
El investigador exhortó a la ciudadanía a apropiarse el
debate. Apuntó, particularmente, los riesgos que representa el uso
arbitrario de los datos por las entidades públicas y privadas de
seguridad, y sobre todo sus efectos en la segregación social de los
espacios urbanos. Contó que en centros comerciales, cuando entra una
persona que no parezca un consumidor habitual del lugar, de inmediato
atrae las cámaras y los vigilantes piden a los guardias ponerle atención
a este “consumidor falso” como lo llaman.
Existen resistencias a
la vigilancia por algunos sectores y en algunos lugares –como las
escuelas– explicó. Esas resistencias ilustran posibles tensiones en el
futuro. Al no invertirse hoy en el tema de la vigilancia y del control
del espacio urbano, quizá algún día será demasiado tarde para la
sociedad civil revertir el proceso. ¿Qué tipo de ciudadanía se construye
en un entorno considerado conflictivo?, preguntó Arteaga. Es tiempo de
decidir qué tipo de ciudad debe ser la Ciudad de México.
*Fuente: Proceso
*Fuente: Proceso
No hay comentarios:
Publicar un comentario